viernes, junio 16, 2006

Ayer estaba cabreado el cielo.

Y eso que había ganado la selección. Una prueba más de que al cielo, y al universo en general, les importa un carajo el fútbol y los humanos.

La ciudad universitaria estaba oscura a las ocho de la mañana y los truenos hacían retumbar los cristales del CPD. Y yo, sentado en mi silla, al lado de mi ordenador, era testigo del ambiente de supina idiotez que construimos cuando pensamos que tenemos poder para algo relevante. Mirad afuera en un día como el de ayer. Mirad afuera en una tormenta. Eso es fuerza. Eso es poder.

Y todavía hay algún tonto que se pregunta la razón por la cual los humanos hemos creado deidades de la nada. ¡Qué sencillo resulta creer en un Zeus iracundo cuando hay una tormenta violenta! ¡Qué facil debe ser ver a Poseidón entre las ciclópeas olas de un tifón en el Pacífico! Y es que cuando la vida nos pone la Inmensidad delante de las narices las cosas se ven de pronto de una forma muy distinta. La palabra inabarcable cobra el sentido que siempre debió tener.

Una persona cuya inteligencia aprecio me dijo una vez que el firmamento era alcanzable desde hacía unos cuantos años. Ya... claro.

Tendemos a darnos demasiada importancia, a dar demasiada importancia a los logros del ser humano. Tal vez sea porque antes de que llegáramos nosotros, nada ni nadie había dado importancia a nada en absoluto. Que se sepa, claro. Tal vez sea porque, por desgracia, no tenemos otra cosa a la que aferrarnos. Tendemos a ocultar con un orgullo desmesurado que, muy en el fondo, sabemos que somos algo muy cercano a cero si nos ponemos en situación.

Y no ha hecho falta esperar a que el Hubble saque fotos de galaxias a billones de años luz, no. Eso es algo que el ser humano sabe desde que, subido en su rama u oculto en su cueva, hace millones de años, miró hacia el cielo y lo vio cabreado. Tal como ayer.

miércoles, junio 14, 2006

Reinones y Republicones

Postula ese genio del humor que es Terry Pratchett que en el multiverso hay una cosa que viaja más deprisa que la luz ordinaria, y es la monarquía.

A grosso modo el razonamiento parte de que no se puede tener más de un rey y que al morir éste la sucesión pasa de manera instantanea al heredero. Así pues es necesaria la existencia de ciertas partículas elementales (los reinones) encargados de hacer esa transferencia, transferencia que es susceptible de fallar si colisiona en su vuelo con una antipartícula o republicón.

Me he acordado de esto por lo siguiente. Esta mañana, mientras desayunaba con los compañeros del curro, me daba una nueva oportunidad de avergonzarme de la sociedad en la que vivo (por alumbrar el 20 Minutos) y de mí mismo (por leerlo y comentar lo que aparece en él). En la penúltima página del diario venía uno de los pocos textos que merecía la pena: una pequeña columa de Fran Pomares titulada "Telepancarta", en la cual arremete contra Telemadrid por el despliegue mediático impresionante que hizo la cadena el sábado pasado en la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, "echando el resto". Acto seguido recuerda lo diferente del comportamiento de Telemadrid en las manifestaciones contra la guerra de Irak, cuando la consigna era "no mencionar las manifestaciones". Columna corta, pero ilustrativa del trágico hecho que es que aquí todos barren con cepillo de acero hacia su casa, llevándose lo que sea a su paso, y sin importar si lo que está en juego es una cerveza, una campaña electoral o la memoria de un asesinado.

Tengo un buen amigo mío que es republicano hasta la médula. O, mejor dicho, es alguien que ha estado pensando que la igualdad es el objetivo a conseguir entre todos los miembros de una sociedad, y que el gobierno que mejor se adecua a ello es una república. No se lo discuto porque pienso lo mismo que él, aunque con algunos matices.

Pero cuando echo un vistazo a los periódicos, cuando me doy cuenta de lo implicados que estamos los españoles en la marcha y en el bienestar de este pais (ejemplos del estatuto de Cataluña y de las reacciones ante la tregua de ETA muy ilustrativos a este respecto) no puedo evitar pensar que qué carajo, que tenemos ni más ni menos que lo que nos merecemos. Que nos merecemos que los políticos nos tomen por el pito del sereno y ya ni se molesten en ocultar que se están riendo de nosotros. Que nos está bien empleado que hayamos alumbrado una sociedad dividida y desorientada. Que somos adalides de incultura y de mirarnos el ombligo, como siempre lo hemos sido. Que un cuarto de siglo de democracia da para sanear una economía y para hacer que un pais se suba al carro del primer mundo, pero no para sacarnos de la tozudez y cerrazón a un pueblo, ni para convertir a un cenutrio en un ciudadano, ni del mundo ni de ninguna otra parte. Que, lejos de dar soluciones a estos problemas, educando a unas generaciones que deberían salir a comerse el mundo y no quedarse en casa a jugar a la consola de turno, amargadas y enajenadas, estamos permitiendo que se vaya al traste la mejor oportunidad que ha tenido este puñetero pais de hacerse a sí mismo.

Por eso, cuando mi buen amigo habla de una Tercera República Española, sonrío interiormente con conmiseración para intentar ocultarme que mis tripas se revuelven porque ellas son perfectamente conscientes de que estamos tan lejos de esa república como a principios de siglo. O aún más. Y de que no nos la merecemos.

Por desgracia, los Pirineos no son solamente frontera para nubes e ideas (que no para inmigrantes cuidado, en eso somos gente del siglo XXI), sino también para los pobres y sufridos republicones. Y los reinones, que llevan aquí tantos siglos, salvaguardando los valores tradicionales de este pais, y que han medrado, lozanos ellos, como setas después de una tormenta, son multitud, y viven firmemente incrustados en el córtex de la gente. No necesitan ni decir que están.
Pero en cada linea de columnista, en cada palabra de tertuliano, en cada mirada perdida en el Metro, esas malditas partículas nos recuerdan lo que somos. Y alguna antipartícula perdida y despistada nos invita a soñar con lo que podríamos ser.

viernes, junio 09, 2006

Enseñanza oriental.

Hay una frase: el loto solamente florece en el barro.

A nadie se le escapa que es después de haber pasado penurias cuando se disfruta al máximo de una recompensa, que alguien que no haya probado bocado en una semana gozará más de un trozo de pan que Nerón de un banquete en su Casa Dorada.

Lo que sí se nos escapa muchas veces es que el hecho de pasar penurias no implica una recompensa final. Son hechos independientes que, cuando se juntan, dan lugar a una experiencia enriquecedora como ninguna, pero no tienen por qué ir unidos.

No... pero aun así, el pasarlo mal tiene sus compensaciones. Posiblemente tienes la atención de los que te rodean; si no te caes te haces más resistente y, quien sabe, a lo mejor más sabio. Decía Nietzsche que aquello que no te mata te hace más fuerte. Una tempestad hace más recia a la tripulación de un barco; si sobrevive para ver salir de nuevo el sol.

Gracias al factor recompensa, sea en forma de golosina al final del camino o sea de la algo más madura manera que es ver el sufrimiento como algo global que también tiene algo positivo, el caso es que hay muchas personas en este mundo que nos hemos especializado en pasarlo mal. Que llevamos pasándolo mal mucho tiempo, a pesar de tener vidas estupendas (por lo menos yo), y dejamos que cada instante se diluya en un mar de recuerdos de los que solamente quedará... nada. Porque habrá un momento en el que nos habremos ido para siempre.

No voy a entrar a analizar esta vena masoquista personal que arrastro. Pero si alguien siente curiosidad por averiguar la razón que me hace tan cercano al Zen, la tiene en esta entrada.

Lo único que sé es que mi barco avanza por el mar buscando tempestades, sin más objetivo ni rumbo que pasarlas. ¿La razón? No tengo otra que no sea mi barco.

martes, mayo 23, 2006

¿Qué haríamos sin prejuicios?

En el momento en el que la propia visión del universo no incluye otras posibles visiones, creo que hay un problema.

Tomemos el ejemplo de una persona que haya creido toda la vida que tiene la razón en todo, poco a poco irá incorporando elementos a su visión del universo conforme vaya viviendo. Diez años después, mientras sigue pensando que tiene razón, si se le pregunta acerca de lo que pensaba hace una década, dirá o bien que estaba equivocado o bien no tenía la suficiente información o no sabía lo suficiente "de la vida". En algunos casos es posible que siga pensando lo mismo que hace una década, sobre todo si ya es persona madura.

No considero que sea perjudicial pensar que se tiene razón acerca de un tema, pero sí creo que lo es cuando ese pensamiento domina y eclipsa al resto de factores que pueden variar la propia opinión acerca de ese mismo tema. Dejar abierta una puerta a la incertidumbre teniendo asímismo la certidumbre de que es dificil tener todos los factores para estar al cien por cien seguro no es no estar seguro ni es una carencia de fe en el criterio propio; es mantener una prudente distancia para que entre algo que, con un poco de suerte, puede hacernos mejores o por lo menos un poco más sabios.

La raiz del prejuicio es la preeminencia de esa ideosincrasia que elimina cualquier tipo de incertidumbre. Una experiencia previa no siempre genera un prejuicio. De hecho un prejuicio puede ser independiente de cualquier tipo de experiencia directa.

Ejemplo de prejuicio mío: las dictaduras.
Las odio. Las odio con toda mi alma a pesar de no haber experimentado nunca lo que es vivir bajo una de ellas. Y no creo que haya nadie en el mundo que sea capaz de convencerme de que una dictadura es mejor que una democracia, y que con Franco los españoles vivían mejor que ahora. Yo mismo he decidido cerrar la puerta de la incertidumbre en este tema en concreto porque considero que sé lo suficiente sobre las dictaduras como para decidir que son perjudiciales. Y no es que no sea posible que alguien llegue y me baje de mi pedestal, es que no estoy dispuesto a que nadie lo haga. No quiero bajarme. Estoy bien aquí.

Creo que es absolutamente natural que las personas tengamos prejuicios, pero también sería natural y (creo) más sano si simplemente tuviésemos opiniones. Porque con una opinión se puede hacer algo, pero con un prejuicio no. Los prejuicios no sirven más que para ahorrar esfuerzo mental a la hora de analizar una situación, una forma perezosa de dar una respuesta, una manera de obviar que no hay dos situaciones iguales, una automatización en aras de una estabilidad mental. El prejuicio es rígido y la opinión, en cambio, es flexible y bastante maleable. Pero el prejuicio tiene un valor añadido que le dan una importancia capital hoy en día.

Un buen ejemplo de esto son las tertulias. Las tertulias despiertan interés precisamente porque en ellas se suelen dar cita entes con mentes tan rígidas como asteroides. Y, no nos engañemos, es más divertido ver chocar a dos asteroides que ver colisionar a dos nubecillas. Me imaginaría que los Trolls montan tertulias y los Elfos organizan pacíficos debates si no me hubiera leido tantas veces el Silmarillion como para saber que la realidad sería precisamente la contraria.

Y siguiendo esta línea...
¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos decir a gusto en el bar que los catalanes son unos agarrados, que los andaluces son unos vagos o que los madrileños son unos chulos por saber que hay de todo en todas partes? ¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos poner a parir a la clase política por no conocer personalmente a nadie de esa clase? ¡Cuán trágico sería no poder tener la base para opinar que todos los gabachos son unos cerdos, que todos los ingleses son más raros que un perro verde o que todos los alemanes son cuadriculados! ¡Qué mal rollo daría no poder comentar con el taxista que los fachas deberían morir dolorosamente o que los sociatas son la lacra de este pais simplemente porque se conocen personas que no cumplen esos cánones! ¡Qué pena daría no poder decir que la reina Sofía tiene que agacharse para entrar por las puertas o que el rey Juan Carlos es un tío muy campechano por no haber cruzado con ellos palabra alguna!

Pero ¿cómo podríamos vivir así? Qué hastío, ¿no compañeros?

lunes, mayo 22, 2006

Rebelión

Enlazando con mi anterior post me descubro pensando acerca de la naturaleza del rebelde.
La entrada anterior la escribí por dos motivos. El primero era para averiguar si alguien se hacía eco de la idea de que las oportunidades para ser un rebelde son muchas, pero por alguna razón, están todas demasiado usadas para ser útiles. La segunda es que hacer una pregunta como la que planteé siempre da respuestas interesantes y muy indicativas de lo que piensa una persona y de lo que es importante para ella.

Respondiendo a Athair, no creo que la rebeldía sin causa exista, de la misma manera que no puede existir un "arriba" sin un "abajo". Toda rebeldía siempre tiene una causa, porque no se puede disociar de ésta. Otra cosa es que la causa esté a la vista o profundamente enterrada, pero siempre está ahí, latente, una injusticia, una circunstancia que hace pensar que las cosas pueden ser de otra manera, algo que empuja al ser humano a luchar.

No. Siempre hay una causa. Y hoy en día se tienen muchas causas por las que luchar y salirte de la manada. Muchas más que nunca, opino.

Lo que sucede es que ese ente, lento pero inteligente, al que se conoce por "civilización occidental", ha creado una manda para aquellos que se quieren salir de la manada. Ese ente aprende y es muy listo.

Mirando a mi alrededor me doy cuenta de que no hay demasiada innovación a mi alrededor, en materia de manera de pensar y de actuar. Ser ideológicamente de izquierdas es cada vez más dificil porque cada vez queda menos espacio para lo nuevo. Sencillamente porque para "lo nuevo" ya hay creado un espacio determinado dentro del todo, un espacio controlado desde el que ir dosificando lo nuevo en la medida deseable. La civilización occidental, harta de enfermedades milenarias, ha optado por vacunarse contra el nocivo virus de la rebeldía. Los del otro lado del charco tienen razón: Europa es La Vieja Europa.

Amandil relata bien esta idea cuando acertadamente aporta:
Lo cierto es que los antiguos símbolos de rebeldía (fumar, ser malote, beber, ser el más machote, pasar de la "pasma", saltarte los tabús, etc,) con el tiempo se acaban convirtiendo en los cotidiano y lo propio "del sistema".

Decía Athair que las rebeliones son mejores si te ayudan. Y es una afirmación que tendría que ser verdad. Que debería ser verdad. Pero por desgracia no es así: ir en contra de un gigante solamente te puede acarrear problemas, sencillamente porque es más grande y fuerte. Y más viejo. Y este gigante es muy muy viejo. Tal vez no en edad, pero sí en experiencia.

Femmenue da un giro muy interesante a la cuestión diciendo:
En mi opinión, la sinceridad descarnada es una clara manifestación de rebeldía en estos tiempos, en los que en todos lados venden humo.

Es una verdad como el templo de Karnak. Se me ocurre que en todas las rebeliones que alguna vez han sido, son, o serán, tienen en el centro a una o a varias personas que han tenido los arrestos suficientes para denunciar algo que estaba mal, sin cremita ni paños calientes. Es una de las bases, sin duda.

Pero la rebeldía que propone Vanessa cuando dice:
Pues yo pienso que para ser rebelde basta con hacer todo lo contrario a lo que te ordena la gente que te rodea.
... posiblemente sea vigente en otras circunstancias. Pero en el presente de órdenes de sutiles, de manipulación subterránea, de mano de hierro con guante de terciopelo y de continuo bombardeo de imágenes, no creo que haya lugar para ella. No basta con eso.

Eleder da un salto cualitativo al tema cuando dice que:
Tener fe en el ser humano.
No creo que, hoy por hoy, pueda haber mayor rebeldía que ésta. Ni más peligrosa.

Estoy de acuerdo, porque además es algo que no pierde vigencia. A cualquiera que mire un poco alrededor se le ocurre de vez en cuando que la idea de una extinción masiva no es tan mala como no la han pintado. A cada momento, sobre todo en las ciudades, se muestra la peor cara del ser humano. De vez en cuando hay un mínimo retazo de iluminación al que, por comparación a lo rutinario, le atribuimos la potencia de una nova, cuando vemos por ejemplo que alguien le cede el sitio a una embarazada en el autobús, o que varias manos ayudan a alguien que se ha resbalado y caido en la calle. Y nos pasamos sonriendo medio día.

Sí, tener fe en el ser humano es hermoso. Y es rebelde porque casi nadie la tiene hoy en día. Es una buena base de la que partir para hacer muchas cosas.

Pero para hacer... ¿qué?
La sinceridad y la fe en el ser humano son herramientas poderosas. Pero ¿qué se puede hacer con ellas?
O tal vez no es necesario hacer nada con ellas porque el mero hecho de poseerlas es indicativo de rebelión y son al mismo tiempo herramienta y objetivo.
Tal vez sea verdad que las rebeliones masivas han demostrado su ineficacia y que se debería optar por rebeliones estrictamente personales.

A fin de cuentas, el egoismo, tan humana característica, ni buena ni mala, está presente en todos los actos. Las rebeliones no iban a ser una excepción.

jueves, mayo 11, 2006

Rebeldes

Quiero lanzar una pregunta aquí a todos mis lectores, una pregunta que me lleva rondando por la cabeza unos días.

¿Qué se puede hacer hoy en día en este pais para ser rebelde?

Porque mis respuestas y soluciones personales, tales como intentar mantener un criterio propio, no haber tenido televisor hasta hace poco, ir en metro a pesar de que el día anterior te hayan avisado de que hay peligro de bomba, leer y hablar de cosas trascendentes mientras a tu alrededor se habla de fútbol... me saben a muy poco. A demasiado poco.